Fecundidad y participación económica femenina en México, 2015

En este trabajo se exploran los niveles de participación económica femenina en México según tamaño de localidad, condición de unión y nivel educativo. El análisis presentado sugiere que, si bien el número de hijos por mujer ha ido a la baja, existen aún constreñimientos sociales y culturales anclados a un sistema desigual de género que condiciona las decisiones de las mujeres en cuanto a participación económica, lo que reduce el abanico de proyectos de vida, en el que la maternidad sigue siendo uno de los más importantes.

En términos generales, las mujeres juegan un papel fundamental en la reproducción social, al ser las principales encargadas del trabajo doméstico y del cuidado familiar. No obstante, las transformaciones socioeconómicas y culturales en nuestro país han impulsado su presencia en el mercado de trabajo, una cuestión documentada, entre otros, por Christenson, Oliveira y García (1989) y por García y Pacheco (2013).

El aumento en la educación de las mujeres y la reducción de los ingresos familiares a causa de los periodos de inestabilidad económica, han sido asociados con un incremento de la Participación Económica Femenina (pef). Uno de los aspectos sobresalientes en dicha tendencia es la relación con la reducción en los niveles de fecundidad. Oliveira y García (1990), lo mismo que Mier y Terán (1992), coinciden en que el número de hijos ha condicionado la entrada al mercado laboral y no al contrario. La disminución en el tamaño de la descendencia ha resultado en una reducción en el periodo de crianza y en la carga del trabajo doméstico y los cuidados, lo que a su vez ha liberado tiempo para que las mujeres puedan dedicarse al trabajo remunerado.

Las investigaciones mencionadas fueron realizadas entre 1980 y 1990, abarcando un periodo intenso de descenso de la fecundidad, de donde cabe preguntarse qué sucede en la actualidad con la relación entre la pef y el número de hijos, hecho relevante si se considera que la reducción en los niveles de fecundidad ha seguido avanzando; por ejemplo, la tasa global de fecundidad1 para 1975 fue de 5.9 hijos por mujer al final de su período reproductivo, mientras que en 1990 fue de 3.5 y para el 2015 se redujo a 2.2.2 En segundo lugar, en tiempos recientes la incorporación de las mujeres al mercado de trabajo ha perdido dinamismo. Según datos de las encuestas nacionales de empleo, el incremento en la tasa de pef entre 1979 y 1995 fue de 13 puntos porcentuales (Oliveira, Ariza y Eternod, 2001), mientras que para el periodo 1995- 2015 fue de seis puntos, ubicándose en 40.37%. A partir de ello, este documento pretende analizar tales fenómenos en 2015 y conocer si esta relación puede proporcionar más información sobre las tendencias actuales de ingreso de las mujeres al mercado laboral.

Analizando los datos para 2014, se observa que el promedio de hijos nacidos vivos de mujeres de 20 a 54 años, fue de 2.19; pero la cifra varía según el grupo social de pertenencia (gráfica 1). Quienes viven en localidades menos urbanizadas mantienen una fecundidad relativamente más elevada, de 2.6 hijos, en comparación con quienes viven en localidades más urbanizadas. Por otro lado, las mujeres unidas tienen en promedio 1.4 hijos más que aquéllas sin pareja. En cuanto a educación, las mujeres con nivel medio y superior tienen 1.8 hijos menos que las que están en nivel de primaria. Y las mujeres económicamente activas tienen, en promedio, menos hijos que las no económicamente activas, aunque esa diferencia es mucho menor respecto al resto de las características analizadas.

Gráfica 1. Promedio de hijos nacidos vivos para las mujeres de 20 a 54 años, por tamaño de localidad, condición de unión, nivel educativo y condición de actividad, 2014

Fuente: elaboración propia con base en los microdatos de la Encuesta Nacional de la Dinámica Demográfica (Enadid), 2014.

Para examinar la asociación entre pef y fecundidad utilizamos la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo, que incluye, para las mujeres de 12 años de edad y más, una pregunta sobre número de hijos nacidos vivos, dato que brinda posibilidades para establecer relaciones con características sociodemográficas y laborales.3 A continuación, presentamos las tasas específicas de actividad a partir del número de hijos nacidos vivos según localidad de residencia, condición de unión y nivel educativo (gráfica 2). Al considerar tales características se observa mayor participación de mujeres de localidades más urbanizadas, de aquéllas no unidas y las que tienen mayor nivel educativo.

Un primer vistazo permite observar que la pef, según las variables consideradas, mantiene las tendencias para el total de las mujeres; es decir, una mayor participación entre los 34 y 49 años. Surgen indicios sobre una relación negativa entre número de hijos y actividad laboral, lo que indicaría dificultades para hacer compatibles ambas actividades. Sin embargo, dependiendo del número de hijos, la mayor participación ocurre a edades más tardías. Por ejemplo, las mujeres con un hijo registran mayor participación en el grupo de 35 a 39 años, mientras que para las de dos y tres hijos ocurre entre los 45 y 49 años.

Las mujeres de localidades más urbanizadas tienen, en promedio, tasas de participación de 60%, mientras que en localidades menos urbanizadas las tasas se sitúan en alrededor de 46%;4 estas diferencias son mayores entre las mujeres sin hijos y se acortan para las mujeres con tres hijos o más. En las localidades rurales existe menos acceso a ciertos servicios educativos y de salud, o a oportunidades de empleo, al compararse con zonas urbanas, lo que puede verse reflejado en una menor presencia de las mujeres en el mercado laboral en dichas zonas.

En cuanto a la unión, las no unidas tienen, en promedio, tasas de participación más altas (75%), variando poco según el número de hijos si se les compara con las mujeres unidas (47%). Por otro lado, las diferencias entre ellas se incrementan conforme aumenta el número de hijos, llegando a ser de 38 puntos porcentuales para aquéllas con tres hijos o más. La posible razón detrás de estos resultados es el hecho de que las mujeres no unidas se convierten en las principales proveedoras de sus hogares, lo que motiva la entrada y permanencia en el mercado de trabajo. Al respecto, García y Oliveira (2005) señalan que estas mujeres se enfrentan a grandes exigencias, pues asumen las responsabilidades laborales que son centrales en la organización familiar.

Grafica 2. Tasas de participación laboral femenina por tamaño de localidad, estado civil y nivel educativo según el número de hijos, 2015

Nota. Debido a las características de las actividades económicas que se realizan en las zonas rurales, puede existir una subestimación en las tasas de participación económica femenina. La condición de unión se refiere al estado declarado al momento de la encuesta; es decir, que se desconocen los tiempos de permanencia de la unión.
El tamaño de localidad se divide en localidades menos urbanizadas –que corresponden a las localidades menores a 15 000 habitantes– y las más urbanizadas, que corresponden a las de 15 000 y más habitantes.
Fuente: elaboración propia con base en los microdatos de la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (enoe), 2° trimestre, 2015.

Existe una marcada tendencia para que las mujeres de mayor nivel educativo detenten tasas de participación más altas y un menor número de hijos, pues ello da lugar a un aumento en su capacidad potencial para obtener ingresos monetarios; por otro lado, amplía sus proyectos de vida. Los datos señalan que las mujeres con educación básica tienen, en promedio, tasas de pef de 44%, mientras que las tasas en mujeres con nivel medio superior y superior son de 64%. Las diferencias se acortan cuando aumenta el número de hijos, y son mayores entre las mujeres sin hijos.

Una de las principales explicaciones plausibles para la baja pef es la incompatibilidad de las actividades remuneradas con las tareas domésticas y de cuidado, por la gran cantidad de horas que requieren. Así, el número de hijos pudiera proporcionar más explicaciones sobre la ralentización de la incorporación de las mujeres al mercado laboral debido a cuestiones socioculturales.

La tradicional división sexual del trabajo está fundamentada en los roles social- mente establecidos para hombres y mujeres: los primeros se encargan de proveer el sustento, mientras las según- das son responsables de las labores del hogar y del cuidado de los hijos. Aunque esta separación no suele ser tan tajante y se encuentra, además, en proceso de transformación, en países como México y en términos culturales, la identidad de las mujeres se encuentra vinculada al hecho de ser madres, no sólo en el sentido de la reproducción biológica, sino también en lo relativo a la reproducción social, al considerárseles encargadas directas de la crianza de los niños, aspectos que contribuyen a que muchas de ellas sigan confinadas al espacio doméstico. Al respecto, Oliveira y Ariza (2000, p. 16) afirman que: “Cuando el género es el criterio que norma la sepa- ración, son los atributos culturalmente construidos acerca de lo que es ser hombre o mujer los que sirven para demarcar los límites de los espacios; espacios que corporizan la asimetría entre unos y otras”. De igual forma, Rendón (2003, p. 8) alude al dicho mexicano “el varón es para la calle, la mujer para la casa” para enfatizar que no ha desaparecido “la visión decimonónica del papel social de hombres y mujeres”.

El análisis presentado sugiere que si bien el número de hijos por mujer ha ido a la baja, existen aún constreñimientos sociales y culturales anclados a un sistema desigual de género que condiciona las decisiones de las mujeres en cuanto a participación económica, lo que reduce el abanico de proyectos de vida, en el que la maternidad sigue siendo uno de los más importantes. No obstante, se observa que esto ocurre en ciertos sectores sociales, áreas del país y a mujeres con cierto nivel educativo.

De ahí que para entender el proceso de incorporación de las mujeres, no sólo al ámbito del trabajo remunerado sino también a otras esferas, se requiera considerar la normatividad sociocultural que regula la interacción de las mujeres en distintos espacios. Finalmente, si se quiere impulsar la participación económica de las mujeres, tanto el gobierno como la iniciativa privada deben considerar los distintos roles sociales que ellas históricamente han desempeñado. De esta forma, se requiere que de forma conjunta desarrollen políticas sociales encaminadas a mejorar la corresponsabilidad social de las tareas remuneradas y no remuneradas entre mujeres y hombres, para optimizar el reparto del trabajo doméstico y de cuidado. También es necesario establecer programas que incrementen la participación del hombre en las actividades familiares, y otros que faciliten los permisos laborales para el cuidado de otros miembros del hogar.

Notas

1 La Tasa Global de Fecundidad (tgf) es el número promedio de hijos que una mujer tendría durante su vida reproductiva (entre los 15 y 49 años de edad).

2 Datos obtenidos del Sistema de Indicadores Demográficos de México, de 1950 a 2050, del Consejo Nacional de Población (Conapo).

3 Se considera que los datos proporcionados por la enoe se aproximan considerablemente al número de hijos actualmente vivos. Al tomar los datos de la Enadid 2014 se observó que sólo 3.5% de los nacidos vivos han fallecido.

4 Datos en el anexo electrónico.

Referencias

Christenson, B., O. Oliveira y B. García (1989),
“Los múltiples condicionantes del trabajo femenino en México”, Estudios Sociológicos, Vol. 7, Núm. 20, p. 251-280.

García, B. y E. Pacheco (2013),
“Participación económica en las familias: el papel de las esposas en los últimos veinte años”, en Rabell, C. (Coord.), Los mexicanos. Un balance del cambio demográfico, México, Fondo de Cultura Económica, pp. 704-732.

García, B. y O. Oliveira (2005),
“Mujeres jefas de hogar y su dinámica familiar”, Papeles de Población, Vol. 11, Núm. 43, pp.29-51.

Mier y Terán, M. (1992),
“Descenso de la fecundidad y participación laboral femenina en México”, Notas de población, Vol. 20, Núm. 56, pp. 143-171.

Oliveira, O. y B. García (1990),
“Trabajo, fecundidad y condición femenina en México”, Estudios Demográficos y Urbanos, Vol. 5, Núm. 3, pp. 693-710.

Oliveira, O. y M. Ariza (2000),
“Género, trabajo y exclusión social en México”, Estudios Demográficos y Urbanos, Vol. 15, Núm. 1, pp. 11-33.

Oliveira, O., M. Ariza y M. Eternod (2001),
“La fuerza de trabajo en México: Un siglo de cambios”, en Gómez de León, J. y C. Rabell (Coord.), La población de México. Tendencias y perspectivas sociodemográficas hacia el siglo XXI, México, fce, Conapo, pp. 873-923.

Rendón, T. (2003),
Trabajo de hombres y trabajo de mujeres en el México del siglo XX, México, Centro de Investigaciones Multidisciplinarias, Programa Universitario de Estudios de Género, Universidad Nacional Autónoma de México.

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María Valeria Judith Montoya García* / Elsa Ortiz Ávila**

*Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo | val.mg0880@gmail.com
**Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo | oravelsa@gmail.com